cuatro de abril | comercial III

A simple vista puedo parecer un niñato y de puertas hacia dentro te confirmo que lo soy. Solo de vez en cuando puedo deslumbrarte con un rayo de serenidad pero no es muy frecuente. A veces hablo de cosas interesantes, o por lo menos para mí. Como las cosas que le pasan a la gente y cómo eso les afecta. Cómo nos cambia y nos hace mejores o peores. Me gusta observar eso de vez en cuando, luego veo cómo son las personas y las ganas de ver por qué son así se esfuman. Esto que os digo, parece haberle hecho gracia a nuestra amiga. Después de un sinfín de preguntas respondidas con más preguntas pude causar en ella un interés suficiente como para darme otra cita, esta vez en fin de semana. Todo iba a bien hasta el momento. Nos despedimos. Le di un beso en la mejilla y le abrace. Adiós adiós.

Cuando llegó el día me entró la sensación agridulce que suele llegar en estos momentos. Por un lado están los nervios de ver que llega tu momento, de ver que te vas a centrar a tu objetivo, a tu reto, a tu musa. Por otro lado está la parte triste. La parte que por mucho que no quieras, siempre estará ahí. Puede que pierdas y todo lo que habías creado en tu cabeza se quede en nada. Todo se pierda y solo te quede un recuerdo. Conozco a mucha gente, demasiada, que prefiere no tener nada antes que afrontarse a su sueño. Por miedo a que todo llegue a su fin. Viven durante años y años creando las mejores excusas para que nada llegue a su fin. Y es que es eso lo que tienen. Nada. Una conversación por WhatsApp que dura años y nunca llega a nada. A eso. A un motivo para hablar y seguir buscando excusas para no hacerle frente a la primera cita.  Pero no es mi caso. Yo siempre intento afrontarme a mis sueños. Por mucho miedo que me dé. Como esta mujer. 

Allí estaba yo, hecho un puto tazón de gelatina de fresa. Rojo y suave. Y joder, ella ya estaba allí. Que inocencia más sutil. Parece hecha de pureza. Nos dimos dos besos. Que labios más rojos. Nos sentamos en una terraza ya que aún hacia sol. Una cerveza y nimiedades. Otra cerveza y era el gracioso de siempre. Hace frio. Entremos. Comimos y escuche su historia. Vino y mire sus labios. La primera copa, copada de verdades entre líneas. No podía atraerme más. Su forma de ser. Sus mejillas. Su cuerpo. Quería que fuese mía y de nadie más. Otra copa y pude tocar su rodilla. Otra copa más y mis fantasías se escaparon de mi boca sin ningún tipo de permiso. Ella puso su mano en mi rodilla. Vayamos a otro sitio con menos luz. Y allí se hizo la oscuridad. La besé sin pensarlo. Su boca quería quedarse conmigo y yo no le iba a decir que se fuese. Nos separamos, nos miramos. Y sonreímos. Tenía los labios pintados con su pintalabios. Ella se reía y a mí me daba igual. Siempre lo había pasado tan mal con las chicas que mi cerebro ya estaba recordando hasta el último momento para cuando todo aquello se terminase. No había ruido de fondo, ni luces. Nada. Solo el sabor de su boca y su sonrisa. Todo lo demás no importaba. Solo ella y mi beso. Seguimos hablando pero sin escuchar lo que decíamos. Sin tener que decirlo fuimos a mi casa. Un taxi de 10 euros y el espejo del ascensor. El espejo siempre te dice lo que eres a las 4 de la mañana. Y era un crio enamorado sin saberlo de algo que podría llamarse experiencia. Entramos y le invite a pasar a mi cuarto. Invitarla fue lo último cordial que hice con ella. Le cogí del cuello y la empuje contra la pared mientras le comía la boca. Me encantaba el ruido que hacía al apenas poder respirar. Le metí la mano por los pantalones y allí encontré lo más ansiado. Lo toque hasta que se empapó. Ella estaba fuera de sí. Le cogí la cabeza por detrás mientras le tiraba del pelo y le puse cara a la pared, me la saqué y le hice todo el daño que pude. Ella se arqueaba de placer y mientras le tapaba la boca para suavizar sus gemidos. Después de darle un bofetón con el revés de la mano, se fue. El temblor de piernas, como se le destensaron los músculos de la espalda. Fue pura magia. Se dio la vuelta y me abrazó el cuello con sus brazos y me beso con cariño. Fuimos a la cama a tumbarnos. Ella estaba sudando, anestesiada. Me miro con sus preciosos ojos y se durmió.

Mi cerebro seguía sin poder dormir. Tenía que recordarlo todo antes de que ella se despertarte.

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