veintiocho de junio | asun V

Cuando llegó, estaba muy nervioso. Había limpiado mi cuarto al milímetro, lo había recogido todo. Parecía un dormitorio a estrenar. Bajé al portal y allí estaba, abrí y entró como un rayo. Fui a darle un beso en la mejilla y me lo dio en los labios, algo que me sorprendió bastante porque no pensaba que se fuese a mostrar así. Subimos y no sabía qué decir o qué hacer. Era obvio que había venido a dormir conmigo pero esos momentos antes de empezar son tan incomodas.

  • ¿Desde cuándo un niño tiene una vela en su dormitorio?
  • Desde siempre… – la realidad es que la tenía desde hace mucho tiempo.

Nos sentamos en la cama y ella se echó en mí. Me gustó tanto que se tumbase sobre mi pecho. Pero aun así seguía nervioso. Me enseñó sus zapatos y se los quitó enseñándome su verdadera altura.

Ahí fue cuando empecé a besarla y ella se reía por que me decía que era muy bajita. A mí eso me daba igual, al contrario me gustaba mucho más. La subí encima de un pequeño mueble que tenía para que estuviese a mi altura y comencé a comerle la boca, el cuello… Le quité la camiseta y besé todo su pecho con delicadeza… recuerdo que yo estaba borracho, como de costumbre, y no paraba de resoplar de lo cachondo que me ponía. Finalmente le quité los pantalones y cuando fui a meter la mano me di cuenta de que estaba empapada. Ella no paraba de reírse dulcemente… la cogí a peso y la tumbe en la cama… bajé y comencé a comérselo… joder como se retorcía… no paraba de gemir entre dientes y retorcerse sobre sí misma. Después de unos momentos empezó a vibrar de manera violenta. Dios mío, que cachondo me estaba poniendo. Subí y se la metí. Le dolía. Poco a poco. Estaba tan mojada que todo fluía. Más y más. No queríamos parar.

  • Yo nunca me corro.
  • Yo tampoco.

Perfecto. Podíamos estar así todo el tiempo del mundo… y eso fue lo que hicimos. Encima, debajo y como a ella más le gustaba, de lado. Mordía, besaba, tiraba, agarraba. Me pongo demasiado violento cuando lo hago. Pero no me importa. Siempre dejo marcas y pego guantazos en la cara. Aunque en este caso ella me lo devolvió.

Me echaba saliva en la mano y le tocaba sin piedad. Le metía 3 dedos y le decía lo más guarro del mundo al oído y ella se volvía a retorcer mientras vibraba con cada vez más intensidad.

Finalmente nos dormimos y al despertar, más de lo mismo. Entre charla y charla que no llegaban a ningún lado le tiraba del pelo mientras se la metía por detrás.

Todo fue bastante bien. Aunque al final se molestó un poco por mis bocados. Nada sin importancia. Hablamos hasta las 14 y se fue y no supe nada de ella en días.

Hasta hoy.

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